Swiss ”Icaro”

¿Un pájaro, un avión…? es «Jet-man»
Yves Rossy, conocido como «Fusionman» o «Jet-man» con su ala propulsada.
Sábado, 27-09-08 – AFP EMILI J. BLASCO LONDRES

Se llama a sí mismo «Fusionman», y otros le denominan también «Jet-man» y el «hombre-pájaro». El suizo Yves Rossy, piloto profesional de 49 años, se convirtió ayer en el primer hombre en cruzar el Canal de la Mancha volando en solitario con una simple ala propulsada. Cubrió los 35,4 kilómetros entre la costa francesa de Calais y los acantilados ingleses de Dover en unos doce minutos, a una velocidad próxima a los 200 kilómetros por hora. «Me siento como un pájaro», dijo tras hacer realidad el sueño del hombre de volar.
Con un ala de 2,5 metros a sus espaldas, en la que iban acoplados cuatro propulsores a reacción con 7,5 litros de combustible cada uno, Rossy saltó de una avioneta sobre el cabo Blanc Nez, a unos 2.500 metros de altitud. Después de una caída libre en la que puso en marcha sus mecanismos, el piloto comenzó a volar. Una vez sobrevolado el Canal de la Mancha, el descenso lo hizo en paracaídas, cerca del faro de Dover, que precisamente sirvió de referencia al francés Louis Blériot cuando en 1909 hizo el primer vuelo sobre el Canal en avión, que le llevó 37 minutos (la distancia había sido cubierta por primera vez por aire en globo en 1785).
Los Alpes a vista de pájaro
Rossy, que ha pilotado cazas militares suizos y normalmente pilota un Airbus A320 que hace el trayecto Zurich-Heathrow, lleva ocho años diseñando su sistema de vuelo individual. En 2006 pasó al libro de los récords por ser la primera persona en volar de esta manera. Luego lo ha hecho más veces. La última de ellas había sido sobre los Alpes, donde estuvo preparándose para cruzar el Canal de la Mancha. El vuelo de ayer, retransmitido por el National Geographic Channel, había sido suspendido los días previos por el mal tiempo.
El vuelo de Rossy es casi el de un pájaro. «El ala es sólo un aparato que me permite permanecer libre en el aire. Muevo mi cabeza un poco y giro. O separo unos centímetros mi pierna y ladeo o bajo. Juego con todos los elementos de vuelo que conozco tan bien», explica. Sin timón ni cola, son los movimientos de su cuerpo los que determinan la dirección en cada momento.
Además de dos paracaídas, uno de repuesto, Rossy llevaba ayer también un chaleco salvavidas por si caía al mar en caso de que, por una duración inesperada del trayecto, los treinta litros de combustible se agotaran antes de tiempo. Igualmente vestía un mono antiinflamable que especialmente protegía sus piernas de la quema de queroseno. Para conseguir la proeza, delante volaba la avioneta que le soltó en la costa francesa, porque Rossy no iba con equipo de navegación o radio y necesitaba ser guiado. Únicamente tenía un audio-altímetro en su casco.
A Rossy le gusta decir que es intrépido, pero no un temerario, y explica que toma todas las precauciones necesarias. «Me tomo muy en serio la seguridad y siempre hay un plan B. Cuando soy piloto en el Airbus el riesgo es cero. No hay nada que probar en el Airbus. Con pasajeros no hago ninguna locura. Pero cuando estoy solo, es muy diferente», afirma para tranquilizar a quienes tomen el vuelo de Swiss International pilotado por él y oigan su nombre por la megafonía. No hay motivo para que a los pasajeros se les pongan los pelos de punta, bromea.
Asegura que cuando realmente tiene miedo es cuando no está en el aire. Estar en el cielo, bajo su ala y con el paisaje allá abajo, es «una combinación de concentración y pura felicidad».

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